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EL MILAGRO DE LA ALCOHOLEMIA

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EL MILAGRO DE LA ALCOHOLEMIA

Mensaje por barakarlofi el Jue Jun 22, 2017 10:52 am

Ultima noche del año. La llegada al restaurante de la montaña, tiempo obliga, es acompañada de un frío polar, el guardacoches del aparcamiento de pié, al aire de la montaña, está tan aterido que como un poste helado, hace  oídos sordos a las buenas noches humeantes que le dirigieron.

Entrada seria, solemne al local, con caras de ciudad, muy vestidos, muy peinados y enjoyados, pero malhumorados y con la cara de diario. Mi amigo el maitre García, atiende a los que entran, puesta en la cara la sonrisa de fiesta. Oleadas de frió que ganan a la calefacción y se cuela sin permiso entrando por la puerta abierta, dentro, lo de todos los años, adornado el salón comedor para la especial ocasión, y los graves y serios comensales saliendo del ropero y sentándose en las designadas mesas en donde sus nombres como marcas de prestigio figuran y sobresalen en uno de los extremos. Nadie se mira, nadie se conoce, y ni la música ambiental puede, no es capaz de fundir la fría llegada. Caras de circunstancias, de ceremonia, del saber estar comercial por todos los rincones. Relucen las joyas, brillan los trajes, los sujeta corbatas, y los peinados de ultima hora.

Las mesas aparecen llenas de varios y diferentes cubiertos y una larga fila, una colección de copas de todos los tamaños para las diferentes bebidas, “La mezcla de sabores es un pecado en gastronomía” me sobran casi todos. A mi amigo el maitre García le digo que se los lleve, que me deje los imprescindibles
Con la crema de langosta y el especial vino blanco con agujas, se empieza a hablar por las mesas, y un niño aburrido de los mayores osó tirar a su paso una silla en donde se guardaba como oro en paño, y a la vista para evitar sustracciones, un visón. El pobre niño sé vio taladrado por varios pares de ojos furibundos, y caras agrias que por mantener las formas no le gritaron. A punto de los lloros, consuelo al peque con un globo que saque de la brillante bolsa del Cotillon.

Romper aquella bolsa antes de la hora es una falta de protocolo que junto a la seria mirada de mis amigos, se suman a mi larga lista, sin embargo el niño me lo agradece, visitándome en la mesa a ratos. Con el rape a la naranja y los diferentes mariscos, las sonrisas afloran y resbalan de un comensal a otro, el ambiente se anima, aquello empieza a parecerse a lo que tiene que ser, una fiesta de fin de año. Después del sorbete de limón, y ya atacando las carnes, el exquisito vino oscuro, con solera de varios años, espeso, con cuerpo, se lleva por delante los restos de incomunicación y ya son amigos unos de otros los comensales, charlas animadas, risas, mensajes de una mesa a la otra y las mujeres que empieza a intimar, y hasta conocidos que no se habían reconocidos.

Después de la pata de cabrito  a la que nadie puedo darle su merecido cumplimiento, el tronco de Navidad relleno de trufa y nata, los cafés y los diferentes licores, se preparan las mesas para las uvas de la suerte.
Faltaban diez minutos para llegar al fin de ese año y ya la orquesta con gran acompañamiento de aparatos guiados por ordenador atacó con una música que lleno los huecos hasta hora silenciosos.

Las copas llenas, rebosaban ahora del magnifico cava, las mesas eran familias enteras que se querían que se besaban que se reían y alborotaban por nada, que alegría, que hermandad, que fraternidad. Después de las campanadas aquello era de una fraternidad envidiable, aquello no era un comedor con gentes desconocidas y venidas cada una de cualquier parte, aquello era una cofradía de hermanos antes de Semana Santa. La sala entera bailaba, todos los comensales por el milagro del alcohol habían cambiado ya no eran los mismos, no se conocían ni ellos, eran otros diferentes que como posesos y sin importarle ni las formas, ni sus orondas barrigas, ni sus torpeza, ni los traspiés, ni los empujones, bailaban sin que nadie se molestara por nada. Todos se querían como nunca, como una gran familia que se hubiera reencontrado después de muchos años sin verse. La extrema amabilidad, las buenas maneras, las palabras y los parabienes eran dueños de mesas y pistas de baile
Y cuando el cuerpo de cocina salió al salón con sus trajes blancos y sus altos gorros, los cariñosos comensales se los comían a besos, y le aplaudían como si fueran actores de una gran película.

Y este ambiente de un mundo de sueño duro hasta bien entrada la madrugada, pero lamentablemente el alcohol es volátil, inestable y amigo solo de ocasión y el sistema renal y el sudor se encarga pronto de eliminarlo de los cuerpos ávidos de placer, y así poco a poco, se fueron volviendo los caracteres a su sitio, y las formas y los ademanes a su origen, y fue disminuyendo el frenesí del baile, y se fueron cansando los cuerpos, y el chocolate con churros de las cinco de la madrugada, acabó con la falsa alegría y con la doble personalidad. Cada una y cada uno volvió a sus normas de comportamiento, las caras se fueron volviendo serias, agrias, de circunstancias, de negocio.

Y cuando un poco después nos reencontramos cuando salíamos del aparcamiento, nuevamente volvíamos a ser unos de otros unos perfectos desconocidos.

Rocinante 03/01/

ROCINANTE  de la colección de 200 relatos cortos. Todos los derechos reservados
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