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El KIosko del sordo

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Mensaje por Rocinante el Dom Ago 04, 2019 1:08 pm

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EL KIOSCO DE EL SORDO  ( Parte de un capitulo de mis memorias "Tiempos de posguerra"

El kiosco de "El Sordo" era el refugio nocturno de los que jugaban a ser mayores, de los que empezaban a fumar y a meterse con las chicas mayores que ellos. Aquel enorme cajón de madera agrietada, de color indefinido, destartalado y maltratado por la intemperie, estaba plantado a medio camine entre uno y otro extremo del paseo, y era el sitio ideal de encuentro de los que a escondidas se compraban los cigarrillos de picadura que liaba "el Sordo". Allí cada de noche de buen tiempo, bajo la luz temblante y pobre de un candil de petróleo que apestaba, y que dejaba pegado en las ropas su peculiar aroma, medios escondidos de las miradas delatoras, y mezclados con los mayores, los amigos fumaban y tosían y tosiendo más que fumando, escuchaban las historias siempre repetidas y siempre nuevas de "El Sordo".
Tanto Pedro como Miguel que eran casi de la misma edad, hacía tiempo que ya hablan cumplidos nada más y nada menos que quince años, y en sus cuerpos se notaban aunque muy débilmente los cambios de la naturaleza. Sus caras se habían llenado de espinillas, en el labio superior lucían una tímida pelusilla, y ya se vestían con pantalones largos. Sus ideas y visión sobre la vida y el Mundo también estaban cambiando, y es que cada vez escuchaban con más atención las historias mundanas del kiosquero y del "Cabrero" que siempre eran las mismas pero contadas cada vez de diferente manera y con nuevos detalles que parecían otras. "El Sordo" sin levantar nunca la vista de lo que estaba haciendo, nada más que para atender a los que llegaban a comprar, relataba a veces sin que nadie le preguntara, de cómo perdió el brazo porque "El Sordo" también era manco y eso hacía que liara los cigarrillos con una sola mano, y con el muñón de lo que quedaba del otro, y los que les escuchaban su explicación, esperaban que aquella versión fuera la definitiva, pero de tantas maneras la contó y con tan variados detalles, que nadie llegó a saber nunca cómo lo perdió de verdad. Pero tampoco importaba mucho, todo aquello solo era una excusa para estar allí largas horas entretenidos.
A "el Sordo" no le molestaba nadie, si acaso los niños que para hacerse entender le gritaran más de la cuenta y les ponía mala cara, por lo demás, allí delante del kiosco entre los que venían a cambiar las novelas del Oeste, los niños a por golosinas, y los demás para comprar cigarrillos y charlar un rato, se formaban largas tertulias en las que los amigos se convencieron de que de verdad existían otros países, grandes ciudades y aparatos e inventos de los que nunca habían oído hablar. También en estas animadas charlas se le aclararon misterios de la vida que en el colegio nunca le enseñaron. Verdades en suma que los mayores siempre les habían ocultado, la vida que hasta entonces les había parecido sencilla y fácil de comprender se les volvía en poco tiempo complicada y a veces incomprensible.

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Cuando se hacía muy tarde y "El Sereno" pasaba durante su ronda recordando la hora que era, y veían que "El Sordo" sin hablar, empezaba a recoger el papel de fumar, la picadura suelta, y la alfombrilla, se marchaban. Más tarde cuando muy lentamente subían las calles en donde solo la pobre luz de las solitarias bombillas colgadas en los postes de las esquinas daban un poco de vida al pueblo, no hablaban mucho, cada uno por su lado recordaba todo lo que habían escuchado en la tertulia, en las aventuras del "El Sordo, en las enseñanzas de "EL cabrero" y en todo lo que habían charlado los de la tertulia, pues allá abajo, junto al kiosco, con la facilidad que daba el conocerse de toda la vida, los que llegaban se sumaban a la charla animándola a su vez con nuevos relatos y aventuras. Eso pasaba normalmente en las noches de buen tiempo cuando apetecía quedarse bajo las estrellas escuchando los ladridos de los perros en la lejanía y los extraños ruidos de la cercana montaña.
Ellos con su recién estrenada adolescencia, con su inocencia todavía a cuestas, ajenos totalmente a la fantasía y a la falsedad con que los mayores adornaban aquellas historias, se quedaban tan impresionados con lo que escuchaban, que los adultos viéndolos tan atentos, exageraban y aumentaban aún más sus supuestas aventuras mundanas. Luego, mucho más arriba, cuando después de separarse entraban en sus casas se comían lo que les habían dejado sobre la mesa, y se acostaban, siempre soñaban y se imaginaban como serían las ciudades y las gentes de otros lugares tan remotos y lejanos como le habían dicho, pues todo se lo imaginaban tan fantástico como inalcanzable. Los pobres amigos se encontraban en ese tiempo incierto en que se va dejando la niñez, en ese ayer que nunca es definitivamente pasado y en donde el mañana se presenta con toda su cruda realidad y sus responsabilidades que se van imponiendo como algo irreversible y de las que no se pueden escapar. Fue por aquel tiempo que a "Mano de Piedra" se le murió la abuela.
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