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¿QUIEN MATO AL NICEJO EL DE LAS BOTAS DE MILITAR?

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¿QUIEN MATO AL NICEJO EL DE LAS BOTAS DE MILITAR?

Mensaje por Rocinante el Vie Mayo 11, 2018 10:04 pm

   ¿QUIEN  MATÓ AL “NICEJO” EL DE LAS BOTAS DE MILITAR

Cuando encontraron al “Niceto” era un martes por la mañana, era invierno, y el Sol, enfermizo, raquítico, parecía dudar, escondido  detrás de las espesas nubes para salir. Al “Niceto”mirandolo a simple vista no parecía que estaba muerto, si no que parecía que haciendo un alto en el camino, se había sentado tranquilamente recostándose contra la pared de roca para descabezar un sueño, y de paso aprovechar los raquíticos rayos de Sol de aquel  triste día.

Su vecino, su amigo de toda la vida, el Anastasio llamado popularmente y conocido con el mote de “malacara” también pasó por allí, pero mucho mas tarde, por aquel camino de tierra, a veces de barro y charcos helados, porque aquel era el único camino para llegar a la aldea después de cruzar el río, un camino aquel largo y retorcido que  diariamente era pateado  por el ganado que desde allí y  bajando, se desparramaba por toda la zona.

Como era su costumbre, como siempre, el malacara venia algo detrás e su mula con su inseparable sombrero cordobés como calado hasta los ojos  y pensando en sus cosas, el Anastasio se extrañó cuando vio a la burra del “Nicejo” suelta y pastando a su aire por entre las hierbas de la ladera que bajaban hasta la ribera de cerca del rio, se extraño también y hasta se sobresaltó cuando unos metros más adelante vio los haces de leña  y las herramientas de labranza de su amigo tiradas de cualquier forma aun lado y otro del camino, aligeró entonces sus acostumbrados  lentos y cansinos pasos , y cuando ya estuvo algo más cerca, distinguió a su vecino recostado serenamente en la pared de piedra de la montaña y esto le tranquilizó, por lo que volvió a su tranquilo caminar y a seguir como siempre a seguir pensando en sus cosas. El “Niceto” dormía placidamente, pensaba, tan  profundamente, que la boina que casi le tapaba toda la cara parecía temblar al ritmo de su pausada respiración, el “Malacara” después de haberse alejado un trecho, volvió sobre sus pasos y otra vez estando junto a él y de  estar algunos minutos mirándole, acabó por darle una ligera patada en sus siempre brillantes botas  de militar  
Para decirle.

¡¡Despierta haragán, que non horas para estar tumbado!!

Con aquel ligero golpe que hizo temblar el cuerpo entero, la boina que a duras penas se sostenía sobre la cabeza del que parecía dormir se cayó rodando y cayendo hasta la tierra blanca del camino, dejando al aire y a la vista una fea y profunda herida que dividía con un surco samguinoliento la cabeza en dos. El “Malacara” al ver tan aparatosa herida, se quedó como clavado en el suelo, paralizado y mudo por la sorpresa y el miedo, hipnotizado, con la mirada fija en la ancha herida que con toda la sangre seca a su alrededor parecía ser más grande y repugnante de  que en realidad era. Al cabo de interminables minutos reaccionó y cuando por fin pudo apartar la vista de allí salió corriendo tan deprisa, tan rápidamente y tan ágil como no lo había hecho desde niño. Parecía como si de pronto le hubieran desaparecido el cuerpo un montón de kilos y de años, corrió tanto que cuando al fin llegó a las primeras casas de  la aldea, ya no le quedaban fuerzas para hablar, ni aliento para gritar, así que como un borracho, tambaleándose, de aquí para allá, fue haciendo eses por el camino  y aporreando cuantas puertas y ventanas que encontró a su paso, y cuando las gentes empezaron a salir de sus casas y lo vieron de aquella manera pensaron no sin razón, de que algo muy grave había pasado

Para aquellas gentes tan sencillas y pobres como la tierra y los animales que les daba de comer, se encontraron con la noticia como una bomba que explotara en la vida serena y sin sobresaltos de todos ellos.  Pero pronto se organizaron y en corro, alrededor del asustado“Malacara” que casi no se tenia en pié, se fueron para la taberna del ·”Nervio” hacia una casucha, si acaso, la más ruinosa de todas. Aquello si se podía llamar taberna, solo era por el vino agrio y peleón que allí se vendía, por lo demás, aquel cuchitril servia para todo, en invierno con la vieja estufa de leña atufando  y llenando de humo toda la calle, y en verano con las ventanas y puertas abiertas de para en par que nunca se cerraban y con las gallinas por entre las mesas, degustaban la escasa clientela, además de los bocadillos de embutidos, los olores a estiércol del establo vecino, Allí, en aquella mísera y pestilente tasca, se comía, se bebía más que otra cosa, se reunían los escasos vecinos para pasar el tiempo libre todos los de la aldea, y hasta algunos de los clientes, de los más habituales, residentes más bien, se quedaban a dormir cuando  la carga de vino que llevaban dentro no le dejaba llegar hasta la puerta de salida.

Si la desgracia del “Nicejo” hubiera pasado hacia años, el “Malacara”no hubiera encontrado en la aldea nada más que a dos o tres ancianos que se quedaban en sus casa por  ser muy mayores para ir a trabajar fuera, pero habían pasado los años y ahora casi todos eran ancianos, y se aburrían allí malviviendo con la exigua pensión y con lo que les daban sus huertas que estaban detrás  de las casas, además del beneficio de  tres o cuatro cabras u ovejas que dejaban sus rastros por todos los rincones de las polvorientas calles. Ahora sin embargo ahora, a  todos les sobraba tiempo libre y energías para ayudar en lo que hiciera falta, así que una vez en la tasca, y mientras el “nervio” los miraba en silencio, con su eterna colilla colgándole de los labios, y sus abundantes greñas blanca que casi le tapaban la cara, se acercaron al mostrador que estaba hecho de toneles de vino vacíos juntos y en hiela. Allí el tío Miguel, nervioso como su apodo, y con su enorme barriga que le impedía moverse con soltura detrás del mostrador, dijo dirigiéndose a uno de ellos.

.- Tu “Muralla” te vas corriendo hasta “La Remonta” y avisas a la Guardia Civil. Y tu “Mano de Piedra” te bajas hasta “Casas Viejas” y  le dices al  medico que hoy tiene consulta allí, que se venga corriendo”.-

Después de decir esto, todos en grupo y en solemne comitiva,  se fueron para el camino del río en donde ya esperaba el “Malacara” que había llegado un poco antes. Y allí se quedaron con cara de circunstancias y sin atreverse a hablar por la cercana presencia del difunto “Nicejo” y así estuvieron horas  callados y mirándole, y entonces cada uno a su manera, le recordó en su pasada vida, y se acordaron de cuando era niño y lo bruto que era, de cuando en sus juego  maltrataba a niños y animales, pero sin malicia porque era así su natural. Siempre anduvo por los alrededores libre, salvaje, como un animalillo que hubiera perdido a su manada. No tenia familia conocida y su abuela que lo cuidó desde muy pequeño, murió pronto, así que al “Nicejo”  la única y gran aventura que le había tocado vivir fue el ir a hacer la “Mili” y de ella se trajo, y guardaba un montón de recuerdos y anécdotas que gustaba de contar  en la tasca del “Nervio” cuando se quedaba a dormir allí acurrucado  entre los toneles de vino que servían de mostrador y de mesas. De la “Mili” se trajo un preciado tesoro que cuidaba con esmero, unas nuevas y brillantes botas de militar  a las que dedicaba todo el mimo del mundo.

Anastasio el “Malacara” al igual que su amigo, también vivía solo pero con una vida más ordenada y prospera, y salvo los ratos en la cantina de el “Nervio” en donde los vasos de vino peleón se llenaban y vaciaban mas deprisa que palabras, y que animaban a hablar mas de la cuenta, los días le transcurrían en el silencio y la soledad de los que pasan por la vida de puntillas y sin molestar.

Muy tarde era ya, anochecía cuando desde abajo, desde donde empezaba la cuesta, les llegaba el familiar ronroneo lejano del Land Rover de la Guardia Civil. No hablaron mucho tampoco cuando llegaron  los de la Benemérita, si no que tras saludar con la mano, se apearon y se dedicaron a mirar fijamente al muerto, a tomar muestras de tierra, medidas y a interrogar con la mirada a los presentes. El Nicejo” no tenía dinero, ni poco ni mucho, pero si alguna vez lo conseguía, no se le calentaba en el bolsillo, poco tardaba en visitar la tasca de el “Nervio” y allí al compás del “tomateo” que tomas tu que tomo yo, se los dejaba en la taberna. El “Nicejo” solo tenia una ilusión, una sola ambición en la vida, tener siempre limpias e impecables sus relucientes botas de militar.

Al siguiente día, por la tarde tuvo lugar el entierro, el tiempo seguía  plomizo y triste y que como en consonancia con el acto parecía que hasta empeoraba. El sepelio lo ordenó el juez, aquel tipo tan serio que acompañaba al medico la tarde anterior, y como nadie presentó denuncia y ninguna familia se presentó para reclamar el cuerpo, los tramites fueron deprisa. Para la homilía vino el padre “Bombilla” que lo llamaban así por su redonda, monda y lironda cabeza pelona que brillaba a lo lejos, vino en su moto, una vieja Ducati grande y antigua del tiempo de la guerra que llenó a su paso la única calle de la aldea de un infernal ruido y de humo denso, pestilente e irritante que se quedó flotando en el aire apestando a  todo aquel que se cruzaba a su paso.

Al pequeño cementerio fueron pocos, solo los que podían  andar sin problemas, los demás, los que estaban imposibilitados por la edad, se quedaron  en las puertas de su casas viendo como se alejaba la comitiva funeraria, de los que seguían detrás del cura iban el “El Tio Pinto” “El Bocanegra” “El Muralla” “La Tía Botija” que en sus buenos años de buena moza la llamaban “La Bizcocha” “El Nervio” “El Tiznao” y el “Tirao” El acto fúnebre fue muy rápido,  el agujero en la tierra de la tumba ya estaba hecho cuando llegaron, y la caja que era de madera  sin cepillar ni barnizar, y que destacaba sobre las boinas negras desapreció pronto bajo tierra, y cuando empezaron a echarle tierra todos miraban en silencio como si ellos mismos se vieran en su propio enterramiento , mientras que el padre “Bombilla” cantaba en voz baja su letanía lúgubre y monótona , y allí se quedó solo el cura con su canto y sus rezos mientras que los acompañantes uno detrás de otro se fueron viniendo para las cuatro casas de la aldea desapareciendo cada uno en sus caparazones como caracoles huyendo del Sol del verano.

Anastasio el “Malacara” no había podido acompañar a su amigo en su ultimo paseo, era demasiado para él, en tan pocas horas habían pasado tantas y tan  sorprendentes cosas que desbordado por tantas emociones no había podido sobreponerse, no había tenido suficientes fuerzas para despedirse de su amigo, así que viendo desde lejos como cada vecino  volvía a su hogares, cogió la mula que fue del “Nicejo” sus cacharros y se volvió por el mismo camino para dejar al animal encerrado  y ordenar las pocas cosas de la casa de su vecino. De nuevo era tarde cerrada y cuando pasó por el mismo camino de siempre, por el

CONTINUARA
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